Abierto también gana el Madrid

El Real Madrid obtuvo tres de los siete puntos que le faltaban para ser campeón ante un Sevilla inconexo que hizo el esfuerzo por conectarse pero que no pudo conseguirlo. Aun así, se trató de un encuentro abierto durante la mayor parte del minutaje porque Zidane presentó la versión menos sólida de su equipo.
El técnico francés, sabedor de que Sampaoli se acoge a rutinas como tener el balón o presionar arriba, apostó por un 4-2-4 y por futbolistas preparados para marcar la diferencia al atacar con espacios frente a sí (Kovacic, Asensio, James, Morata). Su problema residió en que, defensivamente, careció de orden. En primer lugar, porque Kovacic y Kroos, el doble pivote, manejan chips muy parecidos a la hora de defender -ambos se basan en la presión hacia delante-; y en segundo, porque la posesión blanca tejió muy pocas ventajas a su táctica. Kovacic volvió a ser una pesadilla para Kroos en términos asociativos, al ser el único centrocampista sin la costumbre de colocarse para dibujarle triángulos que favorezcan la fluidez en los pases, y James, desde la banda derecha, tampoco cubrió esa carencia. Vale que Zidane pudo buscar un partido abierto, si bien cuesta pensar que aceptase que su propio conjunto mostrase tan poca cohesión.
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En dicho contexto, tres hombres sevillistas desempeñaron un rol protagonista. A favor de los suyos, Jovetic y Correa, que asistidos por Krohn-Dehli -que reapareció de su lesión como mediapunta del 4-2-1-3 que dibujó Sampaoli-, exprimieron los déficits posicionales del incompatible doble pivote merengue. En contra, Kranevitter, con pérdidas de balón incesantes en zonas prohibidas, daba alas al Madrid.

En el colíder, hubo un par de buenas noticias. Para empezar, los laterales Danilo y Nacho lucieron en ataque permitiendo que ese modelo ofensivo sustentado en dichas figuras siguiese teniendo valor pese a las ausencias de Carvajal y Marcelo. Para terminar, sin duda debe ponderarse la actuación de Asensio, porque no es normal que un futbolista enfocado a la creación de ocasiones participe más en 90 minutos de juego que el mismísimo Toni Kroos. Asensio se mueve en el Real como Bale en Gales; va adonde quiere porque siente, y demuestra, que en cualquier parte suma. El mallorquín es un joven muy especial.
A mí más allá de que para mí los más MC son Casemiro y Modric (sobre todo en la faceta defensiva), y cuando salieron el Madrid fue absolutamente otro… me gustaría bastante hablar de Asensio.
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Seguro me equivoco, pero me da que este chico marca más el estilo del Real Madrid que, por ejemplo, Isco. Creo que si Asensio está la producción ofensiva, y la manera de atacar cambian radicalmente. Pasa a ser todo mucho más rápido y fluido, y esa sensación la tengo aunque Asensio no juego muy bien. Isco es un crack, y está de dulce, y además creo que se complementa y se entiende con Asensio a las mil maravillas, pero cuando hemos visto al Madrid B lucir, creo que es más el Madrid de Asensio que el de Isco.

El Despertar

Sucedió en Francia durante el verano de 1998. Ronaldo Nazario ya era el mejor futbolista del mundo, la pieza más salvaje que el fútbol había regalado desde Maradona, pero con trazos de venir del futuro. La constelación brasileña que él lideraba tenía cara de amargura y desolación. El 3-0 de la final del Mundial era abrumador. Del otro lado, los franceses celebraban un triunfo que cambió los avatares del juego y que el mismo fútbol les debía. El hombre de la final era un Zinedine Zidane pletórico, pero muy cerca de él, Thierry Henry festejaba con una camiseta amarilla de valor incalculable: la de Ronaldo. Con ella puesta, el entonces futbolista del Mónaco dejó para siempre una postal inolvidable besando la Copa del Mundo. Fue en ese momento que los midiclor Tenemos todas las camisetas de tus equipos y selecciones favoritas para adulto y niño
Hablando de Verratti, en este espacio se dio nota de la ambigüedad que rodea al hincha del fútbol que está en constante expectación de ser vislumbrado por el fulgor de los nuevos talentos, mientras busca en ellos reminiscencias de las viejas glorias del pasado. Con Mbappé no fue distinto. Una vez hizo su imborrable aparición en la Champions, las comparaciones con Ronaldo y Henry, más allá del obvio parecido estilístico, no tardaron en invadir la red. Había razones, y quien vea flashes de uno u otro en varios de sus lances no está loco, pero el chico se ha encargado de dotar a su fútbol de una personalidad propia en pocos meses, los mismos que también le han bastado para convertirse en un candidato inexpugnable al gran trono de mejor jugador del mundo en unos años.
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Mbappé es delantero centro. El anacrónico sistema del Mónaco, que da prioridad a una doble punta) abastecida por dos mediocampistas ofensivos, como si esto fuesen los 90s, ha permitido a Mbappé saltar a la élite en la posición en la que, si todo ocurre como parece que ocurrirá, disfrutará de sus mejores años, un lujo que no todos los ‘9’ de planta y/o velocidad similares se han podido permitir. Mismamente, sus compatriotas Thierry Henry y Karim Benzemajugaron muchísimo en banda en edades tempranas. Para él eso ha sido una bendición porque le ha permitido desarrollarse donde puede potenciar su fútbol y no solamente unas condiciones físico-técnicas concretas. Y esto es importante porque si hay algo que impacta de inmediato es la sensibilidad con la que juega y la sabiduría que desprende. El nombre original de este artículo, que estaba planeado para salir antes de los cuartos de final de la Champions, era ‘Freak and Geek’. Era una referencia a su físico descomunal y su comportamiento intelectual dentro del terreno de juego. Y a su adolescencia. Sin embargo, el devenir de las últimas semanas ha cambiado la impresión que Mbappé había dejado hasta entonces, de prometedor futbolista incompleto, y hoy hay que mirarlo como se ve a una estrella en ciernes, que es lo que realmente es.

El ímpetu de Fernández

Antes incluso de sufrir las consecuencias de su derrota en Waterloo, Napoleón Bonaparte ya decía que la victoria tiene cien padres, pero que la derrota es huérfana. Dicha frase ha sido utilizada en multitud de ocasiones para reflexionar acerca de la soledad del derrotado, pero si de la candidatura al título de Liga del Real Madrid de Zidane se trata tenemos que quedarnos con “la parte que nunca importa”, con lo que va antes del “pero”. Porque si el conjunto blanco suma al menos cuatro de los seis puntos que le quedan en juego el reparto de méritos deberá ser mucho más amplio de lo normal. No es ya una cuestión de competir como equipo o de química colectiva, sino más bien de cómo la inmensa mayoría de sus futbolistas se han ido alternando a lo largo de la temporada a la hora de tirar del pelotón.
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Esto ha sucedido, en primer lugar, porque Zinedine Zidane así lo decidió, así lo buscó y así lo potenció desde el primer día a base de demostrar una confianza plena e inquebrantable por cada uno de sus jugadores. Con una visión muy global, priorizando siempre el ganar la guerra a costa de poder perder ciertas batallas, el técnico francés ha ido responsabilizando a todo el vestuario del resultado final, aun a sabiendas, como ya sabía su compatriota, de que en caso de derrota no habrá nadie más responsable que él. Pero, claro, Zidane sabe que su confianza no es ni mucho menos ciega. Que contar con Varane/Pepe como tercer central, con Iscocomo jugador número doce, con James como opción puntual y con Morata como segundo delantero es algo que no está al alcance de ningún otro equipo del mundo. Por calidad neta, pero también por adecuación a los diferentes retos, la profundidad de su plantilla marca diferencias.

Y, pese a que todos pueden explicar esto de una forma diferente, con sus argumentos y sus matices, la visión no estaría del todo completa si no pusiéramos en valor la figura de Nacho Fernández.
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Del central madridista se ha repetido como un mantra -justificado- aquello de que “siempre cumple”. Pero éste elogio, que es el mejor posible para un cuarto central de un grande, se comenzó a quedar pequeño desde hace ya un tiempo. Su rendimiento individual, ajeno siempre al momento del equipo o a la falta de continuidad, se ha ido elevando conforme el paso del tiempo y de los partidos nos ha permitido conocerle mejor. Seguramente la mejor de sus virtudes sea su metódica concentración, esa que le lleva a cometer muy pocos errores y a permitirse el lujo de sumar aciertos como el del domingo ante el Sevilla, pero sí ha conseguido instalarse en un puesto tan exigente como el de central del Real Madrid ha sido sobre todo por su punta de velocidad. Ésta quizás sabe a poco por haber ido acompañando a tres de los centrales más imponentes del momento -y de la historia- en este sentido (Pepe, Ramos y Varane), pero no por ello es menor ni reseñable. Sobre todo en clave liguera, donde así logra controlar a la gran mayoría de delanteros rivales.

Quien era Denilson

El 28 de agosto de 1997, el Real Betis cerró el traspaso de Denilson convirtiéndolo en el futbolista más caro de la historia tras una operación que pareció una película tragicómica. Según confirmaron tanto el jugador como su representante en tiempos recientes, Denilson y su club de origen, el Sao Paulo FC, alcanzaron un acuerdo verbal con el Real Madrid en el verano de 1996 al que desde la casa blanca no se pudo hacer frente por su maltrecha economía. 365 días después, fue el FC Barcelona quien acudió a su reclutamiento con el anhelo de cubrir el vacío que iba a dejar Ronaldo en el Camp Nou huyendo al Inter de Milan, pero los culés se echaron para atrás y decidieron volcar sus esfuerzos en el deportivista Rivaldo. Con el Barça fuera de la operación, la SS Lazio era el último escollo de cara a que el prometedor extremo zurdo aterrizase en la capital de Andalucía, y una vez la oferta verdiblanca se incrementó 3,5 millones de dólares, el
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presidente Manuel Ruíz de Lopera cumplió el gran sueño de reunir al tridente Denilson-Alfonso-Finidi. Por cosas como aquella, tan similares a cuando un ciudadano español de clase media contraía su segunda hipoteca para comprarse un piso en la playa, nació “La Liga de las Estrellas”; una época, vista con perspectiva, bastante desaprovechada por nuestro fútbol.
Parte del poco partido que se extrajo de la inversión acometida derivó del típico mal del nuevo rico. Los clubes de La Liga no estaban profesionalizados para manejar las fastuosas cantidades económicas que trajo el contrato televisivo que recién había entrado en vigor. A ello se le sumó el extraordinario boom que supuso Ronaldo en la cultura popular del mundo y de este país en particular, pues nunca se había visto un adolescente marcando así la diferencia en Europa y todos persiguieron su propia recreación. El fichaje de Denilson por el Betis no fue sino la consecuencia de aquel doble hecho conjugado: el nuevo contrato televisivo y la enfermiza búsqueda del nuevo chico de oro. ¿Problema? Él no lo era.
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Denilson fue un jugador interesante pero nunca un proyecto de estrella. Si ahora se revisa el archivo y se repasan sus supuestas exhibiciones en el Sao Paulo FC, lo que se descubre es un extremo con notables facultades físicas y una gran técnica para conducir la pelota a gran velocidad que adolecía de muchísimas limitaciones para transformarse en un jugador de los que dan puntos: su lectura de juego no iba más allá de recibir la pelota al pie y encarar al lateral derecho verticalmente, su explosión física no duraba lo que las mejores y acababa desinflándose en las acciones en las que partía desde más atrás, carecía de cualquier tipo de instinto o técnica para hacer goles y, lo más llamativo, tratándose de un regateador, reducía su abanico práctico real a un único drible: la bicicleta múltiple con salida hacia el exterior. Nada más. Su otra jugada reconocible, el recorte de tacón hacia el interior también típico de Roberto Carlos, no tenía verdadero uso tangible porque, tras hacerlo, no veía nada por dentro y volvía a salirse hacia fuera. Denilson podría haber sido un hombre relevante en un equipo de juego de posición típico de Van Gaal que le pidiera dos o tres cositas por noche, pero jamás se trató, ni pudo tratarse, de un jugador global. Su decepcionante -aunque noble y emblemático- paso por el Betis resultó coherente. Demasiada responsabilidad, y demasiada exposición, hacia un potencial que no daba para tantísimo.

Modric y Rakitic

Durante muchos años en Inglaterra se dibujó una incompatibilidad imposible de resolver entre dos de sus grandes talentos, Steven Gerrard y Frank Lampard. Ciertamente se trataba de dos futbolistas que pisaban zonas parecidas y que necesitaban de un rol bastante similar, pero cuesta pensar que dos de los centrocampistas de la década, ambos instalados en la élite de la Champions, no pudieran jugar juntos para el mismo equipo. Sea como fuere, eso fue lo que terminó pasando para mayor disgusto de una frustrada Inglaterra.

Años más tarde, este mismo caso se vuelve a repetir en Croacia con otros dos centrocampistas de renombre. Porque al mismo tiempo que destacaban en sus clubes, Luka Modric e Ivan Rakitic han sido incapaces, como pareja, de rendir al mismo nivel en su país.
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Aunque en el fútbol dos más dos está más cerca de ser siete que cuatro, de una selección como la croata siempre se ha esperado una mayor capacidad de hacer destacar al unísono a sus dos grandes talentos de esta generación. Pero salvo en ciertos partidos de ambas Eurocopas, esto ha estado lejos de suceder. Hemos visto combinaciones de todo tipo. En 2012 Rakitic partía de una banda y Modric era miembro del doble pivote. En el camino hacia Brasil 2014, ambos ejercieron de interiores por delante de Vukojevic, Badelj o Kovacic. Ya en dicho Mundial, Kovac apostó por formar un doble pivote con Luka e Ivan repartiéndose los dos perfiles.
En 2016 se mantuvo el 4-2-3-1, pero con Rakitic de 10. Y, por último, como muestra final de una nueva serie de pruebas sin éxito, en el último partido de la clasificación para el próximo Mundial de Rusia fue Modric el que pasó a la mediapunta por delante de Rakitic y Badelj.

Croacia ganó ese último y decisivo partido ante Ucrania, pero fue verdaderamente significativo el desolador panorama que afrontaron los centrocampistas de Madrid y Barcelona. A Rakitic, que bajaba hasta situarse casi entre centrales, se lo saltaban una y otra vez en salida. A Modric, directamente le tenían de espaldas tratando de recibir una y otra vez los forzados pases de sus compañeros.
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Como decíamos, el debut de Zlatko Dalic se saldó con un billete para la repesca, pero pareció alejar un poquito más a Croacia de esa mejor versión posible que todavía no hemos visto nunca. ¿Serán, acaso, Luka Modric e Ivan Rakitic incompatibles? ¿Lo han sido siempre o lo son ahora que juegan en una posición parecida en sus clubes? ¿Estamos ante un nuevo caso Gerrard – Lampard? ¿A ellos también les ha faltado un pivote? Resulta curioso que los distintos técnicos hayan invertido tan poco en la fórmula, quizás, más natural: la de Luka como interior y a Ivan como diez. Pero, sea por lo que haya sido, a Croacia el tiempo se le empieza a agotar.
Lo mejor para Croacia seria que modric tenga más libertad y este más arriba, entre líneas en muchos casos (a lo Isco en el Madrid) ya que me parece el más talentoso de los dos y con modric ahí Croacia le costaría menos crear ocaciones de gol, además todo esto tratándose de una selección que depende más de individualidades para desbordar.

El ímpetu de Fernández

Antes incluso de sufrir las consecuencias de su derrota en Waterloo, Napoleón Bonaparte ya decía que la victoria tiene cien padres, pero que la derrota es huérfana. Dicha frase ha sido utilizada en multitud de ocasiones para reflexionar acerca de la soledad del derrotado, pero si de la candidatura al título de Liga del Real Madrid de Zidane se trata tenemos que quedarnos con “la parte que nunca importa”, con lo que va antes del “pero”. Porque si el conjunto blanco suma al menos cuatro de los seis puntos que le quedan en juego el reparto de méritos deberá ser mucho más amplio de lo normal. No es ya una cuestión de competir como equipo o de química colectiva, sino más bien de cómo la inmensa mayoría de sus futbolistas se han ido alternando a lo largo de la temporada a la hora de tirar del pelotón.
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Esto ha sucedido, en primer lugar, porque Zinedine Zidane así lo decidió, así lo buscó y así lo potenció desde el primer día a base de demostrar una confianza plena e inquebrantable por cada uno de sus jugadores. Con una visión muy global, priorizando siempre el ganar la guerra a costa de poder perder ciertas batallas, el técnico francés ha ido responsabilizando a todo el vestuario del resultado final, aun a sabiendas, como ya sabía su compatriota, de que en caso de derrota no habrá nadie más responsable que él. Pero, claro, Zidane sabe que su confianza no es ni mucho menos ciega. Que contar con Varane/Pepe como tercer central, con Iscocomo jugador número doce, con James como opción puntual y con Morata como segundo delantero es algo que no está al alcance de ningún otro equipo del mundo. Por calidad neta, pero también por adecuación a los diferentes retos, la profundidad de su plantilla marca diferencias.

Y, pese a que todos pueden explicar esto de una forma diferente, con sus argumentos y sus matices, la visión no estaría del todo completa si no pusiéramos en valor la figura de Nacho Fernández.
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Del central madridista se ha repetido como un mantra -justificado- aquello de que “siempre cumple”. Pero éste elogio, que es el mejor posible para un cuarto central de un grande, se comenzó a quedar pequeño desde hace ya un tiempo. Su rendimiento individual, ajeno siempre al momento del equipo o a la falta de continuidad, se ha ido elevando conforme el paso del tiempo y de los partidos nos ha permitido conocerle mejor. Seguramente la mejor de sus virtudes sea su metódica concentración, esa que le lleva a cometer muy pocos errores y a permitirse el lujo de sumar aciertos como el del domingo ante el Sevilla, pero sí ha conseguido instalarse en un puesto tan exigente como el de central del Real Madrid ha sido sobre todo por su punta de velocidad. Ésta quizás sabe a poco por haber ido acompañando a tres de los centrales más imponentes del momento -y de la historia- en este sentido (Pepe, Ramos y Varane), pero no por ello es menor ni reseñable. Sobre todo en clave liguera, donde así logra controlar a la gran mayoría de delanteros rivales.

La base para Construir

Con la figura de Marcelino García Toral marcando ya el futuro más próximo del Valencia Club de Fútbol, éste es un buen momento para repasar el legado que deja Voro González como entrenador. Cierto es que el equipo che no despegó, no rompió a jugar y tampoco se mostró excesivamente regular, pero sí logró acabar con muchos de los vicios que había adquirido a nivel táctico y comenzó a generar soluciones de calidad que, quizás, pueden tener una continuidad.

Aunque por momentos Rodrigo fue de lo mejor del Valencia, sobre todo moviéndose para Nani y Munir/Mina, al conjunto che le faltaba una referencia arriba sobre la que, sobre todo, por girar en ataque. Simone Zaza ha sido esto… Y también bastante más. A partir de su gran trabajo con los centrales, de su capacidad en el juego directo y, al final, también de su presencia en zona de remate (6 goles), el punta italiano ha sido crucial para facilitar ciertos procesos que al Valencia de Cesare Prandelli se le atragantaban. Además, para completar su buen aterrizaje, en los últimos duelos Zaza ha dejado la semilla de lo que también puede ser su futuro por delante de Rodrigo Moreno en un 4-4-2.
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Una de las primeras decisiones como técnico de Prandelli fue la de adelantar a Dani Parejohasta la mediapunta. El italiano buscaba reactivar así el maltrecho juego interior del Valencia, que sin André Gomes se había quedado a cero, provocando que todas las secuencias de pases fueran muy previsibles y demasiado horizontales. Pero esto, claro, tenía una obvia contraindicación: perder a Parejo en salida. Para solucionar lo imposible, que venía a ser clonar a Dani Parejo, Voro subió del filial a un Carlos Soler que desde el primer instante demostró una interpretación del juego fascinante para su edad. Por delante de línea de balón, pero también ayudando en los primeros pases, el canterano significó una línea de pase súper constante para Dani. Así el Valencia fue cada vez más de Parejo, así el Valencia fue cada vez mejor. Y encima, ganó a un gran talento por el camino.

Demasiados meses, hacerle un gol al Valencia fue una cuestión de tiempo. Si se necesitaba poco para llegar, se necesitaba todavía menos para transformar dichas ocasiones en tantos. El punto de penalti era un oasis para los rivales, que siempre encontraban la manera y el espacio para marcar la diferencia. Sobre todo tras centro lateral. Sin embargo, cuando Voro normalizó la situación y el equipo se tranquilizó, Garay y Mangala se convirtieron en un argumento competitivo para, al menos, sobrevivir. Lo vimos en el Bernabéu, pero ha sido la tónica habitual en los últimos dos meses: el argentino y el francés convirtieron la duda en certeza. De ahí que en cuatro de los últimos diez partidos Alves consiguiera quedar imbatido.
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Los costados han sido el principal problema que ha encontrado el Valencia esta temporada de cara a juntarse sobre el campo. El poco retorno de los extremos, la ausencia de un mediocentro, los problemas de los centrales, las pocas ayudas de los dos interiores… Todo revertía en que los laterales, todos de un perfil -muy- ofensivo, destacasen más por sus defectos que por sus obvias virtudes. Quizás por esto Voro decidió apostar desde el principio por Montoya en vez de por Cancelo, ya que el español, sin ser tampoco un especialista, es más sólido que el portugués. Y el movimiento no pudo dar mejor resultado. Además de por el plano defensivo, reforzado por el colectivo, Martín Montoya ha brillado en ataque haciendo suya toda la banda. Ya fuera porque delante estaban futbolistas con juego interior (Orellana o Soler) o por puntas (Munir), ese espacio quedaba libre para que así Montoya llegara, tocara y gustara.

Cuestión de Madurez

Decía en cierta ocasión Enric González que para poder ser campeón de Europa había que haber sido antes semifinalista unas cuantas veces. Se refería así al valor de la historia y al peso del simbolismo y de la madurez en la competición. Ganar exige una trayectoria. Una trayectoria que también comprende el fracaso y la derrota. Sobre los sólidos cimientos que conforman el dolor y la frustración se han edificado las más importantes gestas deportivas. Perder para crecer y poder salir airoso de todas esas horas de la verdad que aparecen marcadas en el camino del ganador. Para encontrar el camino hacia el éxito y configurar el poso que consolide la trayectoria triunfal.
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Cada vez es menos habitual la sorpresa en el fútbol. Estamos cada día más acostumbrados a que pase lo que tiene que pasar, lo que casi todos prevemos e imaginamos en un escenario lógico. No hubo opción para el Paris Saint-Germain porque la realidad se encargó pronto de confirmar el escenario esbozado en la previa. No hubo resquicio alguno de duda sobre el paso firme del Madrid. Sin espacio para la incertidumbre, el partido del Parque de los Príncipes transitó por amables paisajes para solaz y disfrute de los de Zidane. La incendiaria puesta en escena parisina se fue al limbo por el agujero de las cosas que no serán recordadas. Defraudó tanto la mise en place de Emery que supusimos, erróneamente, que la pésima primera parte de los suyos formaba parte de un plan genial, maravilloso y sorprendente para apear al Real Madrid de su competición. Costaba creer que todo el empeño del rutilante PSG por sacar la eliminatoria adelante fuera el exhibido de inicio. La hoja de ruta más lógica marcaba una presión asfixiante de salida, aprovechando el empuje de la grada, y un primer gol tempranero para acercar el objetivo del 2-0 y hacerlo palpable desde el primer momento. Pero o el PSG no supo leer el guión o fue incapaz de interpretarlo como debía.
Con un único disparo a portería de los parisinos en toda la primera parte, al Madrid le era suficiente con dejar pasar el tiempo. No necesitaba de un esfuerzo ímprobo para contener el empuje local. Bastaba con un mínimo de orden en el centro del campo para dejar en evidencia la inoperancia de la exquisita pero roma vanguardia de los de Emery. No se hacía necesario ir a por el partido, bastaba con no dejarse vencer. Con un PSG tan melifluo y tan desconectado, la intriga de la noche giraba en torno a la correcta pronunciación del apellido de Kylian Mbappé, tan desprovisto de ideas y soluciones como el resto de sus compañeros.
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Podría decirse que al Paris empezó a escapársele la eliminatoria desde el momento en el que no se vio capaz de asumir los riesgos que el 3-1 de la ida le imponía para la vuelta. Con el empate a cero del minuto uno mantenía sus opciones intactas. Con el empate a cero del descanso las había perdido prácticamente todas. Quizá se vio deslumbrado por el rival. Por esa autoridad incontestable a la hora de mantener la hegemonía en una competición que bien merece el desprecio por la Liga. Por esa determinación que responde más a parámetros extrafutbolísticos, de convicción y madurez, que a la propuesta sobre el verde. El problema es que la maduración del PSG como club aspirante a lo máximo lleva dos temporadas deteniéndose brúscamente antes de lo esperado. La sensación que deja es de escaso crecimiento en este último año futbolístico. De inversión sin retorno. Le queda ahora al club parisino la complicada tarea de asimilar el fracaso. De entenderlo como parte de todo este tinglado y de asumir que su problema tiene una solución relativamente sencilla pero que con una exasperante condición indispensable: el paso del tiempo y el transcurrir de la historia.

De quien es la culpa

Al poco de fichar Mourinho por el Manchester United los medios españoles se hicieron eco del adelanto de un libro que se iba a publicar poco después de comenzada la temporada y que era, supuestamente, un retrato íntimo y personal del entrenador. Lo que le interesó a la prensa de aquí fue un capítulo en concreto en el que se hablaba de una falta de unión en el vestuario del Real Madrid porque Essien había celebrado su cumpleaños y sólo habían ido Modrić y Ricardo Carvalho. La cosa se quedó ahí. Como viene siendo habitual, nadie se molestó en ir más allá de copiar o contar lo que ya había publicado la página web de algún periódico que no era el suyo. Es el nuevo periodismo, que vive casi sin corresponsales y explica la realidad leyendo Twitter y portales de Internet. Yo, interesado en saber más, me compré el libro.
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Reconozco que, en el momento de adquirir el volumen, desconocía por completo que su autor, Robert Beasley, fuese un jefecillo de un diario inglés sensacionalista, adulador hasta lo enfermizo de José Mourinho. Desconocía también que había escrito el texto basándose en un puñado de entrevistas que le había realizado al técnico a lo largo de su carrera y unos cuantos SMS que se habían intercambiado. Un tanto osado por su parte pretender escribir el perfil de un personaje sin apenas saber de él. Un tanto ingenuo por la mía el haber creído que el escrito podía tener cierto interés. Pero más allá de esto, de la lectura de lo publicado se sacaba una conclusión clara: Mourinho filtra a la prensa más cosas de las que nos imaginamos. Sí, aquel que buscaba chivatos en el vestuario del Madrid, lleva pasando información confidencial a los medios toda su carrera.
Ibrahimovic al Barça, Diego Costa al Chelsea, oferta del Chelsea por Rooney, el propio Mourinho al Madrid y luego al Chelsea de vuelta… Son algunas de las exclusivas que, vía mensaje de texto, el técnico tuvo a bien revelarle al autor de la obra. También le reveló, aunque equivocadamente, que Guardiola iba a fichar por el Manchester City. Lo hizo además en la misma semana en la que el Bayern anunció de manera oficial la contratación de Pep. Un error grave que dejó en evidencia al periódico para el que trabajaba su confidente y por el que Mourinho pidió disculpas. Sin embargo, al mismo tiempo, culpó a Guardiola por haberle confundido ya que, al parecer, había contactado con un fisio amigo muy cercano de alguien perteneciente al staff del propio Mourinho y le había preguntado si quería irse a Inglaterra. Solo había que averiguar el equipo. Y como al Chelsea no se iba a ir porque ya se marchaba él y al United tampoco porque todavía estaba Ferguson (aunque se anunció su marcha unos meses después), el único destino posible tenía que ser el City.
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Por supuesto, Mourinho fue perdonado y la acusación de que Guardiola había conspirado en su contra, dada por válida. Quiero pensar que para cualquiera con dos dedos de frente, esto no tiene ningún sentido. Al menos para mí no lo tiene. Mourinho se pasó de listo y el periodista no hizo su trabajo como debía, ya que no consultó una segunda fuente. Me pregunto ahora, tras la estrepitosa eliminación del United en la Champions a manos del Sevilla, si Guardiola también será señalado por el escritor de cámara de Mourinho como responsable del acontecimiento. Al menos esta vez, la información es la que es y no ha hecho falta filtrar nada. Algo es algo.

Cara o Cruz

El Estadio de Riazor enseñó anoche la cara y la cruz de una misma moneda. El FC Barcelona, que se impuso con más solvencia en el marcador que sobre el césped, celebró su 25º título de Liga, el séptimo en los últimos diez años, tras derrotar a un Deportivo de la Coruña que, a pesar de poner al campeón contra las cuerdas durante largas fases del partido, terminó consumando su descenso matemático a Segunda División. Ahora bien, aunque será Messi, con su hat-trick, quien prevalezca entre las crónicas de lo ocurrido, el encuentro dejó otros dos nombres que, de no haber sido por ellos, el desarrollo –y quizá el resultado- podría(n) haber sido muy distinto(s).
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Como enseñó una vez más ante el Sevilla en la final de la Copa del Rey, el Barça volvió a repetir su eficaz circuito de salida en el que Rakitic, por el perfil izquierdo, y Messi, por el derecho, flanquean el primer pase de Busquets, quien parte casi desde los centrales. De esta manera, el Barça encontró una manera rápida, sencilla y certera con la que saltar el rombo medular del Deportivo. Una disposición que, mientras croata y argentino aseguran su viabilidad por dentro, Coutinho, como en el Metropolitano, volvió a aprovechar para escalar unos cuantos peldaños. Un método que Dembélé y Suárez, cada uno abierto hacia un costado, dieron forma de inicio; una colocación que agilizó el ritmo, pero que no aseguró el dominio.
El Dépor, a pesar del buen arranque culé, fue ambicioso con el balón en los pies. Y Çolak, que jugó por detrás de Lucas y Borja Valle, fue, en menor medida que Suárez, responsable de muchas de las cosas que acaecieron anoche sobre el césped de A Coruña. Para empezar, todo el fútbol ofensivo del equipo volvió a pasar por las botas del turco. Por delante de Guilherme, que hizo de pivote, y de Borges y Krohn-Dehli, como interiores en medio campo, Çolak volvió a ser el hombre que, cayendo hacia uno y otro costado –con mayor preferencia por el perfil zurdo-, permitió al Deportivo juntarse unos más más arriba; donde, con Juanfran y Luisinho, llegó a reunir a hasta seis/siete futbolistas a la vez; con el riesgo que eso implica.
Así las cosas, el primer tiempo del Deportivo, una vez consiguió sacudirse del dominio blaugrana dejó, ante todo, dos detalles a tener en cuenta: el primero tuvo que ver con el manejo del esférico, dado que llegó a enlazar cadenas de pases bastantes largas, aprovechándose de la intermitente presión culé; el segundo, por otro lado, escenificó la amenaza que, el pie izquierdo de Çolak, encontró a la espalda de Piqué y Semedo. Un espacio que siempre uno entre Borja Valle y Lucas llegó a completar, y que explica, en parte, los seis remates que probó antes del descanso sobre el fondo con la portería de Ter Stegen. En su segundo a puerta, hizo el uno a uno.
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Pero el plan del Deportivo acabó resultando más temerario que valiente cuando, tras quedarse sin el esférico, perdió completamente de vista a Messi. El ‘10’ azulgrana, que fue quien acabó reventando el partido en la recta final, encontró en Luis Suárez a su mejor socio. El delantero uruguayo, como decíamos, permaneció muchas veces abierto por izquierda, fijando así la posición de Juanfran, desde donde completó una de sus mejores actuaciones de los últimos meses: intervino en más ocasiones que Busquets y Coutinho, completó un 88% de sus envíos y, para colmo, asistió en los tres goles del argentino. Fue, de dentro hacia fuera y de fuera hacia dentro, una auténtica pesadilla para Juanfran y Albentosa. Aunque, antes de dar por cerrado este análisis, conviene señalar el impacto de Denis: entrando desde el banquillo y participando en los dos últimos tantos de la noche. A fin de cuentas, poco más necesitó el FC Barcelona para castigar un Dépor al que, de nuevo, sus buenas intenciones no le dieron para ocultar su fragilidad en las áreas; que es donde, todavía hoy, se pierden las Ligas y se salvan categorías.