Cuestión de Madurez

Decía en cierta ocasión Enric González que para poder ser campeón de Europa había que haber sido antes semifinalista unas cuantas veces. Se refería así al valor de la historia y al peso del simbolismo y de la madurez en la competición. Ganar exige una trayectoria. Una trayectoria que también comprende el fracaso y la derrota. Sobre los sólidos cimientos que conforman el dolor y la frustración se han edificado las más importantes gestas deportivas. Perder para crecer y poder salir airoso de todas esas horas de la verdad que aparecen marcadas en el camino del ganador. Para encontrar el camino hacia el éxito y configurar el poso que consolide la trayectoria triunfal.
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Cada vez es menos habitual la sorpresa en el fútbol. Estamos cada día más acostumbrados a que pase lo que tiene que pasar, lo que casi todos prevemos e imaginamos en un escenario lógico. No hubo opción para el Paris Saint-Germain porque la realidad se encargó pronto de confirmar el escenario esbozado en la previa. No hubo resquicio alguno de duda sobre el paso firme del Madrid. Sin espacio para la incertidumbre, el partido del Parque de los Príncipes transitó por amables paisajes para solaz y disfrute de los de Zidane. La incendiaria puesta en escena parisina se fue al limbo por el agujero de las cosas que no serán recordadas. Defraudó tanto la mise en place de Emery que supusimos, erróneamente, que la pésima primera parte de los suyos formaba parte de un plan genial, maravilloso y sorprendente para apear al Real Madrid de su competición. Costaba creer que todo el empeño del rutilante PSG por sacar la eliminatoria adelante fuera el exhibido de inicio. La hoja de ruta más lógica marcaba una presión asfixiante de salida, aprovechando el empuje de la grada, y un primer gol tempranero para acercar el objetivo del 2-0 y hacerlo palpable desde el primer momento. Pero o el PSG no supo leer el guión o fue incapaz de interpretarlo como debía.
Con un único disparo a portería de los parisinos en toda la primera parte, al Madrid le era suficiente con dejar pasar el tiempo. No necesitaba de un esfuerzo ímprobo para contener el empuje local. Bastaba con un mínimo de orden en el centro del campo para dejar en evidencia la inoperancia de la exquisita pero roma vanguardia de los de Emery. No se hacía necesario ir a por el partido, bastaba con no dejarse vencer. Con un PSG tan melifluo y tan desconectado, la intriga de la noche giraba en torno a la correcta pronunciación del apellido de Kylian Mbappé, tan desprovisto de ideas y soluciones como el resto de sus compañeros.
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Podría decirse que al Paris empezó a escapársele la eliminatoria desde el momento en el que no se vio capaz de asumir los riesgos que el 3-1 de la ida le imponía para la vuelta. Con el empate a cero del minuto uno mantenía sus opciones intactas. Con el empate a cero del descanso las había perdido prácticamente todas. Quizá se vio deslumbrado por el rival. Por esa autoridad incontestable a la hora de mantener la hegemonía en una competición que bien merece el desprecio por la Liga. Por esa determinación que responde más a parámetros extrafutbolísticos, de convicción y madurez, que a la propuesta sobre el verde. El problema es que la maduración del PSG como club aspirante a lo máximo lleva dos temporadas deteniéndose brúscamente antes de lo esperado. La sensación que deja es de escaso crecimiento en este último año futbolístico. De inversión sin retorno. Le queda ahora al club parisino la complicada tarea de asimilar el fracaso. De entenderlo como parte de todo este tinglado y de asumir que su problema tiene una solución relativamente sencilla pero que con una exasperante condición indispensable: el paso del tiempo y el transcurrir de la historia.